Yo no sabía por qué salí antes de tiempo esta mañana o por qué tomé el tren que nunca tomo hasta que, en la estación de Jussieu, mis ojos somnolientos cruzaron los tuyos no menos perplejos. Estabas linda y los años te habían cambiado un poco; te vi de lejos y pensé: ¿qué nos diremos después de tanto silencio? ¿Profanaremos la mística de este momento con un "hola, qué tal"? Pero tu tren llegó y tenías que irte, y sin palabras nos despedimos, como si íntimamente supiéramos que habrán de cruzarse estos destinos en alguna ciudad, un día.
Desencuentros sincronizados, la suerte inevitable de dos caminos que no se han elegido. Y qué bueno no elegirte, y no haberte encontrado antes; extraño destino el de estos pasos que nos separan y luego nos juntan, como dos trazos de polen que habrán tal vez de entreverarse en un jardín que aún no hemos visto, y serás entonces las flores inevitables de nuestra suerte que teje sus libretos de tiempo y distancia.